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Bena, rodeada del río Aare |
En Suiza me contaron un chiste; sí los suizos, que además de muy educados, cuentan chistes.
Dice que tú estás en Berna y oyes un tac; luego, diez segundos después, otra vez tac; otros diez segundos, y tac; y así cada diez segundos. ¿Qué es?

Berna es como un pueblecito de cuentos, con sus casas de tejados empinados, rodeado del precioso río Aare y su preciosas aguas, llenas de peces. Son tres calles de casco antiguo que te recorres una y otra vez, para enamorarte por completo de la ciudad.
A mí me gusta entrar a Berna desde el oeste, atravesando el Aare, para llegar a un foso, lleno de enormes osos (no tan grandes como con el que me pegué yo unos días después), que se atreven a subirse a los árboles y todo.
Otra de las cosas que más me gustó de Berna es su enorme reloj, comenzado a construir nada menos que en el siglos XII.
A, y esas maravillosas estatuas que hay por toda la calle, que a veces dan un poquito de miedo, jejeje.
En Berna llegué a echarme una siestecita en su catedral, muy fresca. Es curioso: empezaron a construirla como iglesia, y poco a poco, le fueron añadiendo cosas, hasta que es una catedral muy sobria.
A, y junto al ayuntamiento, a rathause, hay una extraña iglesia, con una cuerda colgando. Si te cuelgas de ella, suenan extraños sonidos, que seguro que está investigando el Íker Casillas (¿o no era Casillas?).
Yo en Berna volví sobre mis pasos y me comí un bocata y unas latas de cerveza al otro lado del puente, a la orilla de Aare, que merece la pena acercarse a sus aguas.