La Diosa del Ámbar IV: Haapsalu

Haapsalu es un sitio bonito, pero totalmente distinto a lo que esperábamos. Es un lugar muy extraño, de difícil acceso, con una población muy extraña, como de película de miedo, de esas en las que todo el mundo oculta un terrible secreto.
Nosotros fuimos hasta allí por recomendación de la guía de Anaya. Nos contaba que era un lugar que estaba intentando recuperarse como balnearios en el Báltico. También decía que lo frecuentaba Tchaikovsky, y que en homenaje al músico ruso, su paseo marítimo tenía bancos de mármol con relieves de notas musicales. Así que muy contentos nos fuimos nosotros a Haapsalu con nuestro bañador.

Una vez allí, descubrimos que Tchaikovsky había estado una vez en el pueblo, y que por esa razón le habían dedicado un banco, eso sí, no sólo con relieves de notas, también con hilo musical. Además descubrimos que las playas bálticas, al menos en Haapsalu, eran una ilusión nuestra. El denominado como paseo marítimo era un vial situado a medio metro sobre el mar sobre un rompeolas con vistas a las aguas marinas más muertas, tranquilas y contaminadas que jamás he visto. Total, hacía tanto frío que como mucho sólo habríamos metido un pie de haber existido playa.

También hablaba nuestra guía de la Dama Blanca de Haapsalu, que se aparece cada luna llena de agosto en una ventana del castillo.

Casualmente, fuimos en esa fecha, aunque sin la intención de esperar al fantasma. Pero al final casi nos toca dormir con él. Bueno, lo vimos en las chapas y cuadros, que sí saben allí explotar su figura.

La verdad es que salimos tarde de Tallin. El traslado en autobús a la estación nos confirmó que, como nos temíamos, el taxista de dos días antes nos había dado un buen paseo turístico.

Pero para paseíto turístico el del autobús a Haapsalu. Tardamos más de tres horas en hacer 99 kilómetros. Llovía. Y los caminos, sí, caminos de tierra por los que íbamos eran barrizales bacheados. Como dice un amigo, la antigua URSS tuvo que gastarse todo el dinero en armas, y abandonó las carreteras. Nosotros teníamos la impresión de viajar en el mismo autobús y por los mismos caminos que lo hizo Tchaikovsky. También paramos en pueblos en los que sentíamos que estábamos en el auténtico culo del mundo. Si Valga nos recordó al barrio toledano de Korea, aquello era como una sucesión de edificios que a mí me recordaban las Cuarenta y Ocho Viviendas Sociales del Polígono.

La parada de autobuses de Haapsalu está en la antigua estación de trenes, convertida hoy en museo del ferrocarril. A la puerta había un mercadillo tipo martes, pero muy cutre.

Partimos en busca de la oficina de información turística, para ver si nos daban un mapa, pero la deficiente señalización nos hizo perdernos. Por lo menos, teníamos el convencimiento de que andábamos hacia la zona turística. Tras un rato sin encontrarnos con nadie a quien preguntar, nos cruzamos con tres niñas vestidas a lo Spice Girls. Su estampa era lo último que nos imaginamos encontrarnos en aquel lugar. A nuestras preguntas en inglés respondieron con un rostro de escojone y al final con un escueto "don't know". Unos metros más adelante, unas señoras más normales nos dijeron que la oficina estaba cerrada, pero nos recomendaron que preguntáramos en un hotel vecino.
Allí ya vimos un haz de luz entre las nubes, al menos imaginariamente. En el hotel, nos atendieron muy amablemente, nos indicaron dónde estaba la información turística, nos dieron un plano y hasta nos miraron por internet que había autobuses a Tallin cada media hora. No nos costó encontrar la calle principal, donde vimos el castillo. Pero antes de visitarlo, decidimos buscar la dichosa oficina, sólo para descubrir cuando llegamos que acababa de cerrar. Cogimos un plano y nos fuimos a comer.
Aquella comida, sin salir de la misma calle, salió barata. Fue en un autoservicio decorado al estilo de casa de Cuéntame. Presumen los estonios de haber inventado la hamburguesa, y la verdad es que la que allí probamos estaba tremenda. Supongo que a esas horas los únicos que comemos somos los españoles. Al irnos les cedimos nuestro sitio a un grupito que nos bajó la moral al informarnos de que habían llegado rápido en coche. Tomamos nota: para la próxima excursión a estos países, alquilaremos uno.
Proseguimos bajo la lluvia, ahora sí, al castillo. Se trata de una antigua fortaleza episcopal casi en ruinas. Contrasta la pobreza del país con los tremendos juegos infantiles del castillo, con barco pirata incluido. En el interior de la fortaleza además de un restaurante-merendero, más juegos tradicionales. Creo que había que pagar para subir a la torre, pero nosotros nos colamos con la confusión de la lluvia y el poco celo de los funcionarios. Para variar en este viaje, nos tocó subir escaleras estrechas. Las vistas debían de ser bonitas, pero estaba demasiado nublado. Y arriba del todo nos encontramos metidos en medio de un estruendoso concierto de campanas.

Tras comprobar a la salida que los recuerdos estaban caros como habíamos visto en el resto del país, dejamos que unas notas musicales guiaran nuestros pasos. La localidad es famosa por sus festivales veraniegos, y allí estaban ensayando algo.
Fuera del castillo, nos encontramos un mercadillo más turístico esta vez. No llamaron la atención los pescados secos, un tanto asquerosos, y otro puesto que no sabíamos de qué era, pero estaba plagado de avispas. Los embutidos y quesos tenían buena pinta.

Seguimos hacia el norte, camino del presunto paseo marítimo, par decepcionarnos con el agua sucia y la falta de playa.
El mar estaba tranquilo y brumoso. Y nosotros seguíamos andando en busca de aquellos bancos prometidos con notas musicales, que se quedaron en uno. Al menos, tenía música.Visto aquello, dimos un pequeño paseo, pero ya de regreso, que no queríamos llegar tarde a Tallin. Cruzando la acera de la calle, había un laguito interior, como el Mar Menor, esta vez más limpio y con peces. Nos paramos uno segundos a disfrutar del paisaje en un pequeño embarcadero, en el que había una familia oriunda preparando una barbacoa.
Nos compramos un helado y volvimos a la antigua estación de trenes, no sin antes ver el romántico cementerio de la ciudad.
Nos hubiera sorprendido que en este país hubiera información de los autobuses en la estación. De hecho, nos habría sorprendido utilizar en transporte público de Estonia si no hubiéramos tenido ningún problema. Y con lo de tardar tres horas ya contábamos.
Sin nadie en las taquillas, ni información en lugar algunos, preguntamos a un grupito de gente que había en una parada. Hablamos en inglés, por supueto. Al principio, se miraron todos perplejos y no contestó nadie. Después, un hombre nos respondió al fin que todos ellos iban a Tallin. ¿A qué hora pasaba el autobús? A las siete, más o menos. Eran las siete y diez. Esperamos un buen rato resguardados de la lluvia bajo la parada, hasta que llegó un autobús que iba a otra ciudad. Nuestros compañeros de espera se pusieron a discutir con el conductor y se largaron. Menos mal que una mujercita supersimpática vino a informarnos: no había otro autobús a Tallin hasta las nueve.
Con la mujercita nos fuimos a esperar al interior de la estación. Allí conocimos a una de las personas más desagradables del viaje: una especie de bedel. A aquellas horas no quedaba nadie para informarte, pero sí esta señora para cobrarte por ir al baño y ponernos mala cara cuando nos tomamos un café con la mujercita simpática.
¿Qué harías si tuvieras una estación de trenes en una ciudad en la que no va el tren? Pues llevas cuatro locomotoras que retires de la circulación y te montas un museo nacional del ferrocarril. Eso han hecho en Haapsalu.

Nos dio tiempo a ver el todo el museo, observados con curiosidad por los chavales malotes del pueblo. Al rato llegó un tipo histérico preguntando por el autobús. El tío pesaba más de cien kilos de mala hostia, pero la señora desagradable lo mantuvo a ralla a base de una mala hostia todavía peor. Eso tuvo que ser suficiente para ella: cuando le preguntábamos algo, se hacía la tonta, pero bien que se hizo entender cuando nos amenazó con una enorme llave de hierro en la mano.
En fin, que con la estación cerrada, nos dio tiempo a que la mujercita simpática nos llevara a un súper para comprar la cena, que no hay mal que por bien no venga. Regalamos nuestro plano a unos guiris recién llegados que andaban tan despistados como nosotros al principio y nos fuimos en aquel horrible autobús a Tallin, que era sábado y la ciudad, atestada de guiris de juerga, me recordó a Lloret de Mar.

Más información sobre Estonia, Letonia y Lituania, en el blog amigo El Rincón de Díkaios.

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