Tiberíades

Todavía no sé cómo tiito Rome convenció a tiita Mária, pero lo cierto es que consiguió llevarme a Tierra Santa con él durante unos días. Y la experiencia no tuvo desperdicio.
Mi primera parada fue la ciudad de Tiberíades. Se trata de una ciudad santa para los judíos, fundada por el hijo de Herodes -si fuera por el padre, yo no me hubiera atrevido a ir- y llamada así en honor al emperador Tiberio.
Bueno, en realidad, yo lo que estuve vistando fue el puerto de Tiberíades, en el Mar de Galilea. Allí vi a los pescadores sacando los peces de sus barcos -seguro que tenían ayuda divina-, y me dejé seducir por la tranquilidad de un mar de agua dulce, casi sin olas, que parece un espejo y está abarrotado de peces. Es un lago enorme de veinte kilómetros, al que abastece el río Jordán, que luego sigue hasta el Mar Muerto. A mí me dieron ganas de imitar a un señor que hace dos mil años andó sobre esas aguas, pero tiito Rome no me dejó, porque era responsable y no quería enfadar a tiita Mária.
Monumentalmente, la ciudad apenas tiene nada que ver; el casco antiguo está destruido y resembrado de hoteles, y tan sólo pude ver los restos de una antigua muralla.
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