Go West III: Lisboa

Pumuky conquista Lisboa

La verdad es que he tardado mucho tiempo en conocer Portugal y su capital, Lisboa. Demasiado tiempo.

Lisboa es una preciosa ciudad marcada por mi querido Río Tajo, convertido ya en Mar de la Plata, y el azulejo, cerámica a la que da nombre y que la engalana en ocasiones hasta la saturación.
En dos días, me dio tiempo a ver los barrios turísticos más importantes de Lisboa, el Bajo (Baixa), el Alto, la Alfama y Belem. También me dejé seducir por el río Tajo o Tagus y sus magníficos puentes, uno de ellos de más de diez kilómetros de longitud.
El barrio Bajo es el centro financiero y comercial. Prácticamente se destruyó en el terremoto de 1755, y su reconstrucción lo fijó con calles cuadriculadas, muchas peatonales ya, con el tan típico allí adoquinado en blanco y negro. Me encantó la plaza del Comercio, tras el Arco Triunfal, con el acceso al Tajo.
Para subir al barrio Alto, exiten tranvías, o el ascensor de Santa Justa. Aunque una marioneta fuerte como yo, prefiere subir a pata, que tampoco es para tanto, y con esto de la crisis, los euros del ascensor sí pesan.
Junto a las magníficas vistas de lo alto del ascensor, podemos contemplar allí la Igreja do Carmo, que no se reconstruyó tras el terremoto, y quedó costituída como museo.
El barrio Alto es el centro de Animación nocturno, con cafés, terrazas, locales de fado y restaurantes.
Entre sus miradores, me encantó también el de San Pedro de Alcántara. En una rápida pero cansada visita tampoco puede faltar el deslumbrante parlamento y el jardín botánico.
Por cierto, que me encantó el mercado del 24 de Julho. Los domingos por la mañana venden antigüedades, sobre todo, mucha moneda portuguesa y de sus colonias.
La Alfama es el barrio más antiguo de Lisboa, que nace poco a poco, desde la dominación árabe, a los pies del Castillo de San Jorge.
Al margen de los monumentos nacionales, casas antiguas e iglesias, fue una grata sorpresa descubrir el teatro romano enterrado, que se ha convertido en Museo Arqueológico.
Escalando hacia el Castillo, no pude evitar parar en la Sé, o catedral de Lisboa.
La subida es cansada, pero con varios miradores que la amenizan. Finalmente, el Castillo tiene unas vistas imponentes, aunque me decepcionó un tanto por dentro. Casi que me gustó más el pequeño barrio con urbanismo de inspiración árabe que lo rodea.
Por cierto, para cenar, están muy bien los restaurantes de pescado junto a la Sé. Eso sí, cuidado con las especias, que algunas son muy fuertes.
Belem es el recuerdo vivo de las épocas de explendor de Lisboa, cuando era el punto de anclaje de cientos de barcos que a diario partían hacia sus colonias
A pesar de que está algo alejado del centro de la capital, merece la pena desplazarse para contemplar aquello. Por cierto, que si lo haces en coche, puedes aparcar algo más arriba del Monasterio de los Jerónimos y evitar a los gorrillas. De paso puedes ver el estadio de Os Belenenses, aquel equipo que fue el primero en perder en el Bernabéu.
Sinceramente, los Jerónimos son una auténtica pasada. Si tu visita es rápida, como lo fue la mía, no puedes dejar de visitar el Monumento de los Descubrimientos y la Torre de Belem, que despedían a los barcos al zarpar hacia el Atlántico. Lástima que yo me encontrara la Torre cerrada y sin agua en su foso, con un aspecto casi de abandono.

Por cierto, que en la plaza del Imperio está la Confitería Belem, que desde 1837 fabrica los famosos pasteles de Belem. Yo me puse las botas. Te aconsejo que no te los pierdas.


Y la cerveza del día que te aconsejo en Lisboa es la Sagres. Entra solita solita, y es bien barata en cualquier bareto.

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